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La tercera posición de Francisco

Por Ulises Bosia Zetina

Publicado en Oleada


¿Por qué un lector agnóstico o ateo prestaría atención a la nueva encíclica que acaba de publicar Francisco bajo el título de Fratelli tutti? ¿Qué tipo de lectura es posible hacer de este texto cuyo género lo hermana con una larga tradición eclesiástica, pero cuya actualidad se desborda fuera de las iglesias y los monasterios? ¿Qué relaciones se pueden encontrar entre este trabajo y los dos anteriores, Evangelii Gaudium y Laudato Si´?


I


Hay un elemento formal del texto que llama la atención desde el principio. Francisco nos propone “estar atentos ante algunas tendencias del mundo actual que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal” y luego “plantear algunas líneas de acción”. Sin embargo, no se trata de describir la realidad de forma aséptica tal como es, al modo del positivismo, sino de acuerdo a la postulación de un principio, santo y seña inconfundible que habilita una lógica de transformación, de cambio. De esa manera, el papa puede decir que “si no se intenta entrar en esa lógica, mis palabras sonarán a fantasía”. Pero que, en cambio, “si se acepta el gran principio de los derechos que brotan del solo hecho de poseer la inalienable dignidad humana, es posible aceptar el desafío de soñar y pensar en otra humanidad”. Y luego precisa su planteo en la forma que ya es una marca patentada de su papado: “es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos”. La estructura formal de la encíclica, entonces, se emparenta con un género más familiar para el mundo político: la del Manifiesto. Un diagnóstico de la realidad del que emerge una propuesta de cambio, sobre la base de una serie de principios postulados por su autor. Resulta curioso agregar que la frase más famosa del Manifiesto político más famoso  –“¡Proletarios del mundo, uníos!”- remite a la misma idea de fraternidad universal que ronda la etimología del concepto de catolicismo, por lo que Fratelli tutti es una invitación a volver a recorrer los vasos comunicantes entre las ideas de comunidad católica y las de las tradiciones emancipatorias que se batieron para hacer realidad simultáneamente las consignas de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. 


De ahí que el texto pueda trascender el mundo religioso, tal como su autor explícitamente se lo propone al comienzo, cuando señala que “esta carta se encuentra dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas”, tal la fórmula que encuentra para dejar aflorar sin limitaciones la innegable vocación política de su palabra. Por otro lado, incluso cuando la encíclica toma la forma de la homilía, para comentar la parábola del buen samaritano, el texto mantiene su capacidad de interpelación amplia. Incluso más, con independencia tanto de su rol pastoral como de su carácter de autoridad política de una ciudad-Estado teocrática, ¿por qué no pensar a Francisco también como un “intelectual”? ¿Por qué no asumir sus textos como fruto de la cultura argentina y latinoamericana, especialmente de la clase media rioplatense, como expresión particular de una experiencia colectiva más amplia? ¿Por qué fácilmente se extrapolan sus planteos como parte de la crónica política cotidiana, pero cuesta más que se los convoque en un registro intelectual? Más allá de lo que se pueda pensar sobre sus ideas, ¿acaso actualmente contamos con muchos otros pensadores de su calibre? ¿No hace un poco de ruido que una escena intelectual que registra obsesivamente cada una de las novedades de autores como Chul Han y Zizek, no repare en que hay un autor argentino de relevancia global aportando su mirada –católica, sí; religiosa, sí- a una comprensión sintética de nuestro tiempo? Si bien Francisco pondera permanentemente en primer lugar un discurso pastoral, de convocatoria evangelizadora y misionera, no esconde ni evade en sus textos la profundización doctrinaria. Al contrario, la hace explícita una y otra vez, alrededor de los cuatro principios filosóficos que la ordenan: la unidad prevalece sobre el conflicto, el tiempo es superior al espacio, la realidad es más importante que la idea, el todo es superior a la parte.      


II

En cierta forma puede pensarse a Fratelli Tutti como una actualización de la visión presentada en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, publicada en 2013 a poco de iniciarse el papado de Francisco e interpretada generalmente como una suerte de programa de la conversión pastoral y misionera que se proponía llevar adelante en las comunidades del catolicismo. En aquel texto el centro de las denuncias estaba puesto en las consecuencias del sistema económico imperante y, fundamentalmente, en la “cultura del descarte” y en la visibilización de la exclusión social en todas sus formas. Se trataba de contraponer una visión humanista y comunitaria a un mundo en plena transformación hacia la era del conocimiento y de la información, en el que surgían “nuevas fuentes de poder anónimo”, mientras el “fetichismo del dinero”, convertido en un nuevo “ídolo” de nuestros tiempos, cautivaba a amplios sectores sociales arrasando con la diversidad cultural y promovía una cultura individualista y consumista. Luego, en la carta encíclica Laudato Si´ de 2015, enfocada en el planteo de una ecología integral para el cuidado de la “casa común”, Francisco cuestionaba el “paradigma tecnocrático” vigente, al que interpretaba como un “sueño prometeico de dominio sobre el mundo”, emergido a partir de la “desmesura antropocéntrica” propia de los últimos dos siglos de historia humana que nos proponen considerarnos “señores absolutos de la propia vida y de todo lo que existe”, y convocaba a una resistencia fundamentada en la reflexión sobre los límites que impone la realidad a la acción humana.


En Fratelli Tutti los elementos planteados en ambos textos, unidos todos por la referencia común a San Francisco de Asís, son retomados e integrados, pero esta nueva encíclica, que llega cinco años después de la anterior, incorpora un elemento nuevo que hasta cierto punto recoloca los planteos anteriores y que emerge de las entrañas de la realidad. En efecto, los años que separan ambas encíclicas estuvieron marcados por el triunfo de Trump en los Estados Unidos, el Brexit inglés que agudizó la crisis de la Unión Europea, la disgregación del proceso de integración latinoamericano forjado en la década anterior, la irrupción de nuevos discursos y nuevas fuerzas políticas de extrema derecha en distintos países de Occidente, entre otros fenómenos. Francisco toma nota de todos ellos al inicio de Fratelli Tutti, lo cual le permite incorporar la aparición de un nuevo tipo de amenaza al sueño de la fraternidad universal que evoca en el título de su texto.


Ya no solamente es preciso develar el engaño de un globalismo que impone un “modelo cultural único”, en la línea que ya venía haciendo junto con los obispos latinoamericanos desde mucho antes de ser ungido obispo de Roma, y la colonización de la noción de “abrirse al mundo” por parte de los poderes financieros y económicos. Esa parte de su planteo remite a hacer un balance crítico de los frutos de la ideología de la globalización, presentada en su momento como el vehículo que haría posible, finalmente, la fraternidad universal, la “aldea global”. En sus propios términos, se trata de una crítica similar a la que realizan otros autores pertenecientes a tradiciones que poco tienen que ver con la doctrina católica, aunque naturalmente la versión de Francisco tiene sus propias particularidades. Entre ellas resulta muy sugestiva la insistente defensa de la “conciencia histórica” y la “autoestima nacional” de los países dependientes, a las que juzga amenazada por la colonización cultural del globalismo. En una lectura provinciana, parcial pero inevitable, cuesta mucho no reconocer allí la reivindicación marcospeñista de la aparición de animales en los billetes: “la obsesión que tenemos por analizar la coyuntura en función del pasado, no es normal, en otros países no pasa eso”.


Pero junto con este elemento, ya presente en sus textos anteriores, a partir de la nueva encíclica Francisco incorpora la consideración de que resurgen en nuestro presente “nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos”, “nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales”. El texto recorre una serie de fenómenos relacionados con ellos: guerras que se suceden, persecuciones raciales y religiosas, migraciones frecuentemente envueltas en tragedias, muros que enfrentan a unos pueblos con otros y que dividen también a los sectores privilegiados de los excluidos dentro de cada una de ellos, redes de trata y formas modernas de esclavitud, entre muchas otras afrentas a la dignidad humana detrás de las que Francisco advierte la ausencia de horizontes que nos congreguen, “un mundo que corre sin un rumbo común”, a tal punto que, en su opinión, ni siquiera el impacto de la pandemia, con su invocación a tomar conciencia de que todos “navegamos en una misma barca”, parece lograr que aprendamos las lecciones de la historia. Así como tras la crisis de 2008 “no hubo una reacción que llevara a repensar los criterios obsoletos que siguen rigiendo al mundo”, el escepticismo de la nueva encíclica llega al punto de señalar que existe la posibilidad de que el “sálvese quien pueda” se traduzca rápidamente en un “todos contra todos”, de consecuencias incluso peores que la propia pandemia. La reafirmación del miedo y la desconfianza puede dar lugar a un reforzamiento de las comunidades cerradas, en permanente hostilidad entre sí.


En ese contexto resalta la reflexión crítica sobre “la ilusión de la comunicación” propia de un mundo en el que conviven la desaparición de las distancias físicas con la del derecho a la intimidad. La comunicación digital da lugar, en la visión del papa argentino, a un espectáculo donde todo “puede ser espiado, vigilado, y la vida se expone a un control constante”, mientras se fomenta la construcción de grupos fanáticos cargados de odio, “las ideologías pierden su pudor” y se amenaza el proceso democrático. Francisco llama además la atención sobre el mecanismo de selección por el cual eliminamos de las redes virtuales a las personas o situaciones que hieren nuestra sensibilidad y construimos un entorno virtual que nos aísla del entorno en el que transcurre nuestra vida: “la verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad”.  



Si el globalismo era una peligrosa distorsión del ideal de una comunidad humana universal, su crisis abrió como alternativa la renuncia al propio ideal de la fraternidad. De ahí la búsqueda de una tercera posición, orientada a un rescate del ideal de una comunidad global abierta, tomando distancia tanto de la ideología de la globalización como también de los emergentes reaccionarios de su crisis. En términos de identidades políticas, Francisco traslada esa ubicación a una crítica de las visiones liberales y de las visiones populistas, a las que considera que fueron convertidas en “polaridades de la sociedad dividida”. Su punto de vista se ampara en una reivindicación de las categorías de “pueblo” y de lo “popular”, tanto en términos míticos como institucionales. En el primer caso, porque el liberalismo considera a la sociedad como una suma de intereses individuales, por lo que ve en el pueblo “una mitificación de algo que en realidad no existe” y corre el riesgo de acusar de populista a cualquier defensa de los derechos de las personas más débiles de la sociedad, mientras se aferra a la creencia de que el mercado puede resolver por sí mismo todos los problemas sociales. En el segundo caso cuestiona a “los grupos populistas cerrados” en nombre de un concepto abierto y antiesencialista de pueblo: “un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente”, en contraposición a las formas demagógicas que instrumentalizan la cultura del pueblo al servicio de la perpetuación de proyectos personales. En este panorama, la visión del papa insiste en la reivindicación de la “mejor política”, puesta al servicio del bien común y en la consideración de que “el gran tema es el trabajo”, como ordenador social y dador de dignidad.


III

Fratelli Tutti renueva la búsqueda de una crítica profunda de lo existente por parte del papa, como autoridad máxima de una institución cuya temporalidad le permite distanciarse no solo de una coyuntura momentánea, ni siquiera solo de una época entera, sino de la propia modernidad occidental en su conjunto, con la que se bate en un largo duelo de siglos. Así, la voz de Francisco retoma y renueva temáticas tradicionales de la doctrina social católica, que en el contexto actual aparecen cargadas de un radicalismo renovado ante la acentuación de la desigualdad social, como el caso de la función social de la propiedad o de la necesidad de una reforma agraria. Su concepto de “desarrollo humano integral”, tomado en nuestro país como bandera y prenda de unidad por movimientos sociales y sindicatos, le permite intentar una apropiación de las ventajas del progreso tecnológico sin renunciar a la denuncia del individualismo, el consumismo y la falta de referencias éticas.      En un contexto global caótico, no solamente por los efectos de la pandemia sino también por la ausencia de horizontes ante la crisis del orden neoliberal, Fratelli tutti consigue plantar su bandera de fraternidad universal. No es poca cosa en un tiempo cargado de combinaciones ideológicas vertiginosas que frecuentemente nos dejan perplejos y ponen un manto de incertidumbre sobre los significados efectivos –es decir, actuales, prácticos- de significantes de larga tradición: el progresismo, el conservadurismo, las derechas, las izquierdas, el liberalismo, el nacionalismo, el populismo, el republicanismo…


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