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La política del odio: discursos que confrontan

Por Iván Piroso Soler y Ernesto Mate

Publicada en Oleada


Todos los 9 de octubre en el Estado Plurinacional de Bolivia se llevaba a cabo una conmemoración por la muerte del Che, asesinado en 1967 en territorio boliviano bajo la dictadura de René Barrientos Ortuño. Lo que antes era una fiesta popular con música, baile y colores, se convirtió en un acto ordenado y gris, al son de la marcha militar y con el pueblo en sus casas. Pero este no fue el único giro de la historia. El (ahora) acto de desagravio hacia los militares que asesinaron al Che, marcó un profundo quiebre tanto a nivel político como simbólico.

A simple vista, se figura en un acto de reparación histórica donde el héroe se convierte en terrorista y los terroristas se convierten en héroes. Pero en un sentido más profundo, este acto revistió de legitimidad al hecho de disponer de la vida del adversario político más allá de cualquier regla jurídica e incluso ética, tal como hizo la dictadura con el Che, sin juicio previo. “El pueblo boliviano despachó a un tirano” dijo el Ministro de Defensa boliviano Luis Fernando López en pleno discurso. Se trató de un discurso con un ojo puesto en el pasado y otro en el presente; el tirano representa no sólo al Che y la “invasión comunista”, sino también al enemigo populista que estuvo en casa y ahora está “despachado” al exilio.

Revestir de “tiranidad” al oponente político presupone el desplazamiento de la relación entre adversarios políticos a una relación entre enemigos. Chantal Mouffe en su libro Agonística, plantea que toda sociedad está atravesada por antagonismos inherentes a lo político. En tanto sujetos políticos, estamos atravesados por las pasiones. Ellas son nuestra “fuerza motriz” y forman parte de nuestras maneras de ver, pensar y medir al mundo; creer en la posibilidad de una solución racional a los conflictos atravesados por las pasiones supone negar una parte esencial de lo político. Gran parte de la denominada “grieta” tiene un componente pasional que no puede ser disuelto. La apuesta de Mouffe en este sentido es ir hacia un “modelo agonista”, el cual no pretende la eliminación de los antagonismos sino su “sublimación” a relaciones entre adversarios. Esto requiere aceptar la -probablemente- regla más básica y primera del cualquier juego democrático: la aceptación del “otro” político como un actor legítimo dentro de una democracia.



En nuestra región, los regímenes democráticos hace tiempo se vienen tiñendo cada vez más de relaciones basadas en el odio como la pasión que inviste a la política. El odio hacia el otro político es probablemente la base misma para una lucha entre enemigos que adquiere una dimensión al nivel de lo existencial; el enemigo no tiene derecho a existir, como tirano debe ser no solo derrotado, sino eliminado. Bolivia es un caso donde esta forma de hacer política comenzó desde uno de sus polos: el golpe cívico-policial-militar no sólo derrocó a Evo y lo envió al exilio, sino que persiguió, torturó y mató a disidentes del nuevo régimen y seguidores del MAS.


Por su parte, Venezuela es probablemente el país donde las relaciones de antagonismo entre el chavismo y el antichavismo hayan calado más hondo. Lo que comenzó con intentos de golpe de estado a Chávez (e incluso su consecución en 2002) y se profundizó con protestas donde quemaron vivas a personas simpatizantes del gobierno, desembocó en una dinámica donde el estado respondió surfeando entre intentos de diálogo -constantemente minados- y el uso de la violencia estatal poniendo en cuestionamiento la política de derechos humanos del gobierno de Nicolás Maduro a nivel geopolítico.

Esta dimensión política tiene su correlato (y a la vez fundamento) en parte de la sociedad civil, tanto en sus discursos como en su accionar. Kiffer y Giorgi en Las Vueltas del Odio hablan de la ruptura de un “pacto de dicción”. Lo que antes se limitaba a lo privado, al susurro, a lo murmurado entre cuatro paredes, a partir de la masividad del dispositivo tecnológico rompió una frontera y llegó a inscribirse en el ámbito público. No fue cualquier tipo de discurso el que se comenzó a tallar en las redes sociales; aquellos debates en apariencia saldados tanto en Argentina como en Brasil o cualquier lugar de latinoamérica hoy se ponen en crisis y se presentan como “saberes vencidos”, en palabras de Pablo Semán. El discurso de odio se presenta como “afección” y percibe un dispositivo de transmisión corporal. “El movimiento semántico pasa por el afecto y por el cuerpo: va del humor al gesto, pasa entre terminales que son a la vez físicas y subjetivas, y siempre contagiosas” postula Gabriel Giorgi en su ensayo.

Lo interesante de estas pulsiones es la gestión que un grupo político hace de ellas. Mouffe sostiene que hay un juego democrático que regula tanto discursos como prácticas dentro del marco del diálogo y el consenso contenidos en la relación agonista. En la actualidad, este juego se pone en crisis por un sector político (en esencia conservador) que lo que busca es “la gestión y multiplicación del miedo y la constante irritación de lo social”. Si bien este fenómeno no es nuevo (históricamente los fascismos han sabido hacerse de las frustraciones de una sociedad para proyectarlos -odio mediante- en sectores racializados, sexualizados y culturizados), sí encuentra una reconfiguración en el diálogo odiante entre parte de la dirigencia política y la sociedad civil. Mientras el murmullo recorría algunas casas de los barrios y las ciudades, ahora escapa a viva voz de la garganta de líderes de opinión, notas en diarios, expresiones en portales y posteos en redes sociales. Su inscripción final y peligrosa es depositada en agendas políticas de sectores con gran representatividad.



¿Cómo se organizan los movimientos populares en la actualidad frente a los discursos de odio?

Son varios los países en carrera electoral en 2020 con escenarios desafiantes respecto al recrudecimiento del sentido común conservador, sobre todo al frente del aparato estatal. El de Chile es un caso interesante, por caso. Luego de las revueltas populares de octubre de 2019, se puso en debate casi por completo el modelo político y económico del país trasandino impuesto por la constitución pinochetista. Fueron arduos los debates que llevaron a encauzar las discusiones hacia un plebiscito que determinará si la ciudadanía aprueba o rechaza una convención constituyente para generar, lisa y llanamente, una nueva Constitución.

¿Cuál es el discurso que adopta un sector político progresista, de izquierdas, inclusivo frente a un oficialismo que encuentra sus raíces en un conservadurismo opaco, heredero de la tradición pinochetista? Es clave para respondernos esto analizar el corazón del discurso odiante: las frustraciones de una sociedad en una crisis económica son arrojadas hacia minorías y disidencias; los valores tradicionales (propiedad, familia, religión, trabajo) están en peligro por culpa de y se establece una relación peyorativa y causal de peligro.


La derecha chilena establece una relación entre la aprobación (lo positivo) de la reforma constitucional con un posible escenario de caos a futuro, o la vuelta al “peligro” de las revueltas de 2019. Aprobar la propuesta constituyente habilitaría aprobar el caos. Frente a ello, la militancia de “Apruebo Dignidad” hace foco en un discurso de inclusión, presentando a Chile no como la opción sobre-ideologizada que quieren instalar desde los sectores conservadores (la pesadilla comunista, el peligro castro-chavista) sino como una propuesta diversa, inclusiva y fundamentalmente propositiva. La alternativa al odio, si analizamos las franjas del Apruebo, no sería la radicalización de un discurso de izquierda sino la apuesta al consenso, al diálogo en pos del fortalecimiento del juego democrático.

Algo similar sucede en Estados Unidos, quizá la bisagra más notable de este nuevo capítulo de la historia del Odio. A principios de 2009, poco después de la llegada Barack Obama a la Casa Blanca, proliferaron las organizaciones supremacistas por todo el territorio estadounidense. Una década después, el presidente Donald Trump en plena campaña por su reelección habilita y legitima la existencia de estos grupos, que a pocas semanas de las elecciones presionan políticamente ocupando las calles en todo el territorio e incluso llevando a cabo acciones completamente impensadas como el intento de secuestro de una gobernadora estatal. Esto da cuenta que, a nivel global, el paradigma del odio se reconfigura cuando se generan dos operaciones: la ruptura del “pacto de dicción” en la sociedad civil y la habilitación vertical de este nuevo tipo de discurso. En alguna instancia se agota el concepto de populismo al intentar abordar estos discursos, ya no alcanza con encorsetarlo en el discurso de un líder que remite a glorias pasadas para focalizar frustraciones del presente y proyectar victorias futuras.



El discurso de odio hoy se derrama sobre la sociedad civil y es más difícil transitar su constelación rizomática, fortalecido por el funcionamiento de las redes sociales y potenciado por los medios hegemónicos que sirven de canales repetidores. Aún así, vale la pena rescatar experiencias de resistencia a este tipo de discursos. Por un lado, el liderazgo del senador y ex-candidato a la presidencia por el Partido Demócrata Bernie Sanders habilitó un tipo de militancia de base pocas veces vista en el progresismo estadounidense. Su construcción puerta a puerta en distintos distritos inspiró a miles de jóvenes que volvieron a entusiasmarse e involucrarse en política. Esto dio como surgimiento a figuras como la de Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), una joven hija de inmigrantes del Bronx neoyorkino que se sumó a las filas demócratas en 2017 y hoy tiene un valioso lugar en el Congreso estadounidense como diputada por su distrito. Ambas figuras son blanco cotidiano de discursos de odio, con especial virulencia en el caso de AOC, siendo mujer e hija de inmigrantes. En Bolivia, el triunfo del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones generales puede ser un acontecimiento de importancia que incline la balanza no sólo en Bolivia sino también en la región. La derrota de Carlos Mesa y del ultra conservador Luis Fernando Camacho, no es sólo una derrota de las coaliciones opositoras en un proceso electoral; ambos espacios, directa o solapadamente, convalidaron el golpe de noviembre de 2019 atribuyendo a Evo Morales el dote de autoritario, fraudulento y dictador, legitimando al gobierno de facto de Jeanine Áñez y su discurso. En este sentido, se trata también -y fundamentalmente- de la derrota de un gobierno de facto que se propuso desde el primer instante revertir el proceso de igualación social persiguiendo y proscribiendo al MAS e intentando asesinar a su principal líder. Esto puede abrir paso a un repliegue de los discursos del odio en Bolivia y las ofensivas antidemocráticas de la derecha al menos en un corto plazo, abriendo el campo al avance de políticas democratizadoras de la sociedad. Recuperamos el poder político democráticamente con la conciencia y la paciencia del pueblo. Somos la Revolución Democrática y Cultural para la transformación nacional” twitteaba Evo Morales luego del triunfo. No obstante, sería ingenuo creer que con esta derrota de las fuerzas antidemocráticas se vuelva a un juego agonista en Bolivia: los intentos desestabilizadores vienen desde antes de 2019 con el levantamiento de la denominada “media luna” en 2008, incluso tienen una fuerte continuidad con la historia boliviana de golpes y dictaduras. Los discursos odiantes, xenófobos y racistas están afianzados en una porción muy grande de la sociedad boliviana y hoy se encuentran habilitados y amplificados por buena parte de la dirigencia política; será un desafío para el MAS tender puentes y desarmar los discursos del odio que ponen en jaque las bases mínimas de una convivencia democrática. Por último, está a la vista que Argentina no escapa a este fenómeno global: los discursos del odio están tomando cada vez mayor fuerza en nuestro país. Lejos de ser la circulación de estas expresiones una experiencia inédita, sí es novedosa su corporización y su ruptura del silencio privado. En las marchas opositoras convocadas con la excusa de repudiar las medidas sanitarias contra la pandemia y por el reclamo de “libertad”, aparecen discursos anti-política o anti-vacunas mezclados con consignas racistas e incluso antisemitas. Esta ruptura del pacto de dicción en el espacio público se encuentra avalada por un amplio sector de la dirigencia política vinculada a la principal coalición opositora. El odio circula en las calles, ya no se limita a los muros de Facebook. Este “odio restaurador” -en palabras de Giorgi- busca la “reorganización de los cuerpos”. Que la mujer vuelva a la cocina, que los negros vuelvan al trabajo y los homosexuales al closet. Frente a ello, el feminismo demostró que también puede movilizar afecciones para reorganizar las corporalidades (y las políticas) de manera inclusiva. Las Madres y Abuelas, desde hace ya más de cuarenta años, hicieron lo mismo: ocuparon el espacio público con un afecto desestabilizador del orden dado que proclamó la recuperación de cuerpos y hoy gestiona un orden democrático. La experiencia del Frente de Todos tuvo y tiene como uno de sus objetivos principales el de tender puentes de diálogo con sectores diversos para sostener este juego democratizante y la convivencia social. En este sentido, frente a una derecha cada vez más incómoda con los límites democráticos, creemos firmemente tener de horizonte la lucha por sostener y profundizar el estado democrático y el diálogo político.


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